lunes, julio 27, 2009

Miradas esquivas.

Todo lo que sucede últimamente en mi vida tiene relación con la muerte; pensamientos, frustraciones, rebeldía y deseos (desde los más puros hasta los que nacen de mi libido). Rencores, arrepentimientos, alegrías, desilusiones y nuevos amores, -todos mueren. Mi cuerpo es un cementerio. Ya han acudido a mí las plañideras, vaciado sus lágrimas, sembrado unos lirios y rezado por los restos de mi alma. Nada de lo anterior, jamás nunca, fue necesario de hacerse o cumplirse como profecía. Nunca nada fue verdad absoluta en mi vida, no, ni una mentira piadosa confesada en secreto.

Un olor a putrefacción me persigue, aunque yo me escondo entre aromas robados de fragancias contenidas en pequeños envases con nombres de personajes conocidos por la televisión que me encuentro en el basurero, me es imposible no encontrarle a la vuelta de la esquina. Ya lo he intentado burlar vistiendo nuevas ropas, cambiando mi andar e inclusive la mirada en mis ojos. Solo la muerte es segura, susurran los fantasmas de mis recuerdos. La idea de la reencarnación ahora resulta reconfortante. Leí sobre el ave y un monje dice en su libro que todos lo somos una de esas, un ave fénix. De principio me causó risa, pues creí haber leído “feliz”.

Las pérdidas no siempre significan lo que la palabra en sí sugiere, también se gana perdiendo. No es lo que pierdo, es lo que me ahorro comentaba el abuelo. Así que la muerte bajo ese supuesto no siempre significa un desapego, un dejar de existir, una limitación al ser, el final de una emoción o sentimiento, si el ave fénix (mitológicamente) es capaz de resurgir de sus cenizas porqué no lo hemos de hacer nosotros en éste plano.

Estoy cansado, llevo tres semanas caminando sin rumbo, recordando amistades perdidas, alegrías y lagrimas de un pasado fracturado. Nunca estuve tan confundido, ni siquiera el día que escogí a la calle por hogar o el día que él me dijo que me quería y sin embargo al mismo tiempo amenazaba de muerte a mis ilusiones. ¿Por qué la gente no sabe querer?, ¿será que les falta cerebro?, yo creo que el corazón es un musculo tan simple al final que no es que el que nos da la capacidad de querer a los demás, te lo quitan y te mueres. Pero si amas de verdad puedes vivir para siempre, con o sin corazón. El señor que le dicen “el borrado” tiene un marcapasos, sí, es un aparato que le ayuda a su corazón; eso quiere decir que ya no le funciona o está muerto, y él sigue queriendo a su familia. Yo no entiendo. Pero sé muy adentro que un día entendí. No lo sabía todo, es lo que ahora sé, pero entendía que no se muere cuando de amor de trata.


Me pregunto si toda ésta gente que me lanza miradas esquivas se hará las mismas preguntas que yo, desearán recobrar a sus viejos amigos, familia y amores olvidados, y si la necesidad del perdón les roba el sueño como a mí. Al final quién soy yo, un simple limosnero. No siempre fue así, y no lo será para siempre. Estoy muriendo, lo siento ya cercano. El olor a muerte cada día está más presente, y no es culpa de los años que llevo peleado con el baño. Lo sé porque mi corazón se está recuperando, eso lo decía el libro del monje, del cual olvidé su nombre, pero en una frase resumía lo que ahora siento: “una luz que proviene del fondo de un rio revuelto calmará las aguas”.


Pobres mujeres, espero les haya servido la paga por sus lágrimas, no las merezco. Agradezco su intención, es el primer gesto fuera de falsedad que recibo sin importar haber pagado por ello. Sigo invisible a los demás, soy dueño de sus miradas esquivas. Tienen miedo a verme, a reconocerse en mí. No me provocan lástima, ni compasión. Deambularé por el mundo como antes lo he hecho, estoy vivo y voy a celebrarlo. Tal vez mañana me preocupe por recuperar lo perdido.



Y si no… no importa. Siempre queda la esperanza de ser visto.

jueves, junio 18, 2009

Música romántica para dormir cocodrilos.


Si quisiera despojarme de algunos recuerdos juro que no serían los construidos contigo, me dijo la tarde que se fue a buscar nuevas experiencias. Le agradecí su comentario en silencio y me encaminé a la salida de la estación de autobuses. Camino a casa pensé en ello, ¿es tan importante dejar huella en las personas?, ¿por qué nos duele tanto ser olvidados?, ¿acaso valemos por el recuerdo que los demás tienen de nosotros?


Confieso que mis preocupaciones actuales son evitar un futuro solo, que deseo encontrar una pareja con quien compartir mis palomitas de maíz, tomar de su rebanada de pastel y una que otra mañana culparlo de mi fastidio; y aún así seguirle amando. También, debo confesar que, me preocupa mi peso, las huellas de la edad en mi piel, los cabellos blancos de mi cabeza y no conocer las canciones de los “nuevos ídolos pop”, así como que siempre pongo atención a la superficialidad del ambiente homosexual (aunque no lo es en todos los casos) y trato de oponerme a las ideas del sexo en la primera cita, las relaciones “free”, las conversaciones sobre lo último en moda, y tejer la telaraña de quien ya se acostó con quien. Me defino como un chico ultra-conservador, chapado a la antigua y con más miedo que todos los protagonistas de SAW juntos, ya sé que el origen del miedo es distinto, pero miedo al final si lo medimos como emoción.


¿Entonces, de dónde viene éste nuevo cuestionamiento? Posiblemente ya me lo haya preguntado antes y el miedo a la respuesta me hizo olvidarlo o guardarlo en el “archivo muerto” de mi memoria, no lo sé. Sabemos que las relaciones son complejas, no es una teoría en la que yo pueda innovar, ni me interesa hacerlo, mi inquietud no radica en la complejidad de estas relaciones sino en el recuerdo final que dejamos en las personas. No soy del tipo que pregunta a sus amistades como es que le perciben, o qué clase de persona creen que soy pues además de que seré juzgado con subjetividad no quiero saberlo. No, no hasta ahora. Y ni siquiera quiero obtener un perfil psicológico- criminalístico, lo que quisiera saber es si al menos hay una huella de mi en ellos. Si los amigos que creo haber perdido aún siguen ahí.


Hace tiempo leí un artículo en el periódico que mencionaba una granja de cocodrilos dónde su dueño les ponía melodías románticas para calmarlos y evitar enfrentamientos, de esa manera lograr que la piel no se dañara por tanto serían vendidos a un mejor precio a los fabricantes de accesorios. Me viene a la mente ésta nota pues tiene relación directa con mis cuestionamientos actuales, creo que los seres humanos estamos dedicando mucho tiempo a nuestra imagen personal pero de modo equivocado, gastamos miles de pesos en productos que nos hagan ver más jóvenes y bellos, la perfección estética es nuestra batalla diaria, ¿con cuál fin? ¿Terminar en una vitrina como un accesorio a la venta? ¿Y con rebaja?. Si comparo las relaciones humanas con lo que el granjero hace para mantener intacta la piel de los cocodrilos ¿qué música sería la que debemos escuchar? Y regresando un poco, ¿Cuál es la imagen que queremos dar? ¿Cómo queremos ser recordados? ¿Cómo un accesorio fuera de moda?


¿Estamos escuchando las melodías equivocadas? Me pregunto si podremos lograr una paz interior que se refleje en nuestro exterior sin la necedad de recurrir a cremas antiarrugas. O mejor, ¿dejará de preocuparnos nuestra imagen exterior algún día? Mientras llega alguna respuesta disfrutaré de escuchar cada día nueva música. No pierdo las esperanzas de que en un corrido encuentre el amor, o en un vals recupere la respiración mi agitado corazón.


Sigo preocupado, con miedo. Me gustaría mucho que las personas me recordaran por lo que hay dentro de mí, que se dieran el tiempo suficiente para conocerme, a pesar de estar consciente que es casi imposible lo que pido, es el “casi” lo que me hace seguir adelante y pedir nuevas oportunidades. No debería molestarme la superficialidad de nuestra sociedad puesto que encajo perfectamente en ella, me preocupa el trasfondo que en ocasiones esconde: la mediocridad de los seres humanos. Insisto, no quiero ser un “wey” mas, no, claro que no, yo quiero ser “el wey”. Que mis amigos hablen de mí a sus nietos, mi familia esté orgullosa y me presuma. Y de paso, si no es mucho pedir, que el día de mi muerte el amor de mi vida (entiéndase toda la vida) sostenga mi mano.

martes, abril 21, 2009

De Mayor..

¿Alguna vez has tratado de correr hasta que tus energías se hayan agotado y solamente te quede la respiración exaltada, entonces llegue un huracán y se la lleve? Hoy fui el huracán.
----
Los seres humanos somos un cúmulo de ideas que transitan en todas direcciones, y como consecuencia directa de todos estos choques deberíamos ser más tolerantes y nuestra capacidad de adaptación al constante cambio un requisito obligado en el currículo de cada uno de nosotros, ¿entonces porqué la intransigencia sigue aquejando a nuestra sociedad?. Escuché todo lo anterior sin pestañear en lo más mínimo, sabía que él tenía razón, de hecho toda la razón, pero ese tema no me merecía interés, tuve otras prioridades antes que preocuparme por un par de vecinos racistas, homofóbicos o fanáticos de cualquier culto. Deberíamos ir al antro hoy, sugerí, noté su reacción molesta por mi desinterés, en respuesta lo abracé. Nadie que limite la libertad de ser quien eres debe ser escuchado, cualquiera que sean sus motivos; sentencié y di señal de que el tema había terminado, al menos para mí.
Llegamos al bar tan puntuales como siempre y estuvimos bailando ubicados en el lugar acostumbrado: cerca de la barra, lejos del baño y en centro de la pista. Lo mejor de la noche sería que nos encontraríamos con un viejo amigo, ex pareja, nos divertiríamos hasta salido el sol y quizás si la suerte nos acompañase tendríamos sexo con algún desconocido; todo según lo acordado. El viejo amigo aviso con un mensaje de texto que no podría acompañarnos, el hecho no bajaría nuestros ánimos aunque no fue así a pesar de mis intentos. A él le seguía inquietando sobremanera el tema de la intolerancia, habló de un artículo que leyó en el periódico días antes. Es imposible creer que en la actualidad existan personas tan cegadas, con eso inicio su comentario para terminarlo así: pero confió que pronto cambie la imagen que tienen de nosotros, pues no somos malos ¿verdad?
Dudé en mi respuesta, decidí no contestar y disimulé saludando a un conocido. Insistió en que le diera una respuesta, salimos a conversar al patio para evitar el bullicio del lugar. Sí, si somos malos le dije, pero no tiene nada que ver con nuestra preferencia sexual puntualicé. ¿Todos tenemos el libre albedrío no? Pues simplemente algunos vemos el lado obscuro más atractivo, y eso no discrimina a heterosexuales, -ja. Reí y aproveche para intercambiar miradas con un extraño.

----

En ocasiones me imagino bailando abrazado a él, dejo que guie mis pasos, le cuento sobre mis planes juntos, de los viajes que nos faltan por hacer y lo mucho que lo extrañé mientras aparecía en mi vida, él, el indicado.

----

Un sentimiento de tristeza invadía sus ojos mientras daba respuesta a sus preguntas, entendí de inmediato lo que sentía. La empatía no era un casualidad, desde hace tiempo que vengo sintiéndome de esa manera. Preguntándome si acaso existe “el indicado” o si algún nuestros caminos habrán de cruzarse. El no lo sabe, pero no tengo respuestas a sus preguntas, no las que me gustaría decirle y escuchar a la vez. Solamente lo que creo, siento y pienso. Que no somos raros, enfermos o malas personas. Que nuestra decisión de llevar una vida diferente a la mayoría no nos aleja de la “normalidad”, pues, ¿quién es normal al final del día?, pero también dudo y me siento solo. El miedo me carcome por dentro y cuando quiero gritar enmudece mis labios. Me encuentro en la mañanas, muchas de ellas triste, y otras tantas con una afán de huir a un mundo nuevo.

Callé por unos minutos mientras trataba de explicarme a mí mismo, que el hecho de no tener pareja venía molestando ya de tiempo atrás pero que en realidad no era ese mi problema, antes debía resolver otros asuntos. Venía escondiéndome durante un largo tiempo hasta de mi, entonces mi reciente “salida del closet”, me tenía inquieto, una pareja no llega así como así, y yo debía centrarme en conocerme, aceptarme como homosexual y dejar de ser intolerante conmigo. El primer homofóbico que me he topado en el camino he sido yo. Mientras eso no cambie no tendré avances en mi vida. Respiré profundo y le dije: en adelante camino solo.
----

¿Has despertado con la conciencia de que algo que no puedes explicar sucedió la noche anterior, pero tu única prueba de ello son tus emociones?

----

Hace tiempo que acepté ser su amigo, y ahora trato de convencerme que terminar con su amistad es lo mejor para mí, y ya lo extraño. Él hacia los días llevaderos y menos solitarias las noches. No ha pasado la primera noche y siento que un hueco el lado izquierdo del pecho va disminuyéndose. Es una rara sensación de confort y tristeza.
Mis ojos brillan, lo sé por el espejo que tengo enfrente me ha regalado su destello, le pregunto que si lo ha visto, no me responde pues se ha ido. Se pierde entre todos, busca un nuevo compañero, un pinchazo en mi estómago me advierte los celos que estoy sintiendo pero luego se van y los sustituye el aleteo de miles de mariposas. Regreso la mirada al espejo, me noto apacible, pienso que nuestra amistad posiblemente no haya terminado. Él necesita más de mí, pero yo no quiero necesitarme más a él, me niego.
Me divierte verle coquetear a los menores y ser rechazado por lo que ya se han aceptado…

----

¿Cuánto tiempo se puede ser amigo del miedo?

jueves, febrero 26, 2009

¿Me vas a amar después de que amanezca?

Aún es tiempo y yo quiero confesarte un par de cosas, antes de que juremos amarnos y decidamos venderle las ilusiones a un falso corazón. Seguramente tu opinión cambiará y por eso mismo es que quiero descubrirte la verdad. Pediste que fuera honesto, hablaste del cómo te molestaba la hipocresía y la no aceptación. Pues bien, lo haré, te daré un gusto y me lo daré yo también. Quizá después de hacerlo me sienta mejor, o no, pero no es lo que me preocupa; aunque debo decirte que confesarme ante ti no me causa apuro alguno. No hay nada malo en ello, ni nada malo en lo que voy a decirte. Entiendo que un extraño venga y te diga, lo que de mi vas a escuchar, no es un evento cotidiano y no se compra por paquetes o se lleva como una materia obligada en la matricula escolar. No es algo que se comprenda de inmediato, incluso pudiera sonar absurdo en situaciones como la nuestra, tu acabas de conocerme y yo ni siquiera puedo verte a los ojos. Tu calma me inquieta, mi nerviosismo te excita y no hay punto medio entre nosotros. ¿Sabes? Estoy seguro que hay quien ha pasado por lo que nosotros estamos viviendo: un par de extraños tratando de comunicarse mientras tratan de hacer el amor en una insulsa sesión de sexo. Lo que quiero decirte es que mientras entramos y salimos de nuestros cuerpos he abandonado ésta habitación para refugiarme en los brazos de otros extraños. Ésos que me hacen recordar que no debería estar contigo. En mi mente está divagando el recuerdo de relaciones más placenteras, no meramente sexuales, busco la aprobación de mi corazón para experimentar un poco de placer, no lo encuentro. (Entre tanto y tanto una idea seduce a mi cabeza) ¿Quizás soy un suicida?, (y rio a mis adentros) No quiero que te des cuéntalo que estoy pensando. (La idea sigue, y construyo mis argumentos de defensa.) Quizás si lo soy, pues no entiendo cómo los seres humanos vamos matándonos poco a poco, esto no es lo que quiero, puedo quererte a ti pero tus frases menos que cachondas y mas grotescas me desconcentran. Ahora te odio, rectifico lo dicho, es más el odio por lo que estoy haciendo, estoy seguro que no siento odio pues es mas como una frustración, una muerte lenta. ¿Es posible que los seres humanos vayamos muriendo con tan lentitud sin darnos cuenta?, quisiera no creerlo. Haz terminado. No hables, no me hagas hablar. Hay algo que no te he confesado…

- ¿Estás bien? La he pasado muy bien contigo, pero tú estás muy pensativo. Como ausente.
- Sí. Quiero contarte en que he estado pensando, pero antes quiero preguntarte algo…

lunes, enero 19, 2009

Navidad y otros cuentos de cama...

Erase un joven plebeyo en busca del amor, el amor puro que solo puede existir en dos seres hechos el uno para el otro…
Era solo una marcha, una protesta más en silencio, donde se enunciaban nuestros reclamos por los acontecimientos recientes. Al cabo de unas horas aquélla callada manifestación se tornó en una violenta querella pública. Cárteles, mantas y circulares se encontraron tirados en el asfalto; con ellos nuestra esperanza de ser escuchados. No hubo heridos, según los periódicos y televisoras locales.
El invierno tenía semanas de comenzado, el frio aún era soportable y las secuelas por haber estado de fiesta durante dos semanas pasaban factura. El alcohol ardía en mis venas atosigando un propósito incumplido. Me levanté ya muy avanzada la mañana con una sonrisa en el rostro que pronto cambié por una expresión de desconcierto. Me encontraba acompañado por un extraño, no por mucho tiempo, no recordaba su nombre pero si sus besos, su ternura y empatía por mis sentimientos. No hablamos, no esa mañana, no por mucho tiempo.
Seguía sin recordar su nombre, al paso del tiempo deje de recordar su rostro. Las nuevas sensaciones y emociones con él exploradas eran lo único que me quedaba de aquélla noche. Casi terminado el invierno recordé que escribí una carta dirigida a él que no pude enviar, por obvias razones. En ella le explicaba que no pude estar con él esa noche no por qué no me gustase, al contrario me gustaba demasiado, sino que en ese momento mi búsqueda iba dirigida a una pareja estable y que los encuentros ocasionales mas allá de excitarme me atemorizaban sobremanera.
No es que no me emocione el hecho de conocer nuevas personas, recuerdo haberle comentado. Entonces callé y decidí probarme a mí mismo que podía dejarme llevar; así como dejar que disfrutara de mí como yo lo hacía de él. No funcionó. Las complicaciones emocionales que acerqué a mi vida impedían cualquier intento por disfrutarla. Siempre creyendo en el amor eterno, la pareja perfecta, los besos tiernos, las miradas cómplices, los suspiros robados y la vida juntos.
No supe nada más de él sino hasta el inicio del invierno siguiente, fue entonces que su nombre, profesión, fecha y causa de su muerte. No lloré, no había porqué. Agradecí haberle conocido, le agradecí forjar parte de lo que soy. Después de haberle escrito la carta y aceptado que mis intereses también son importantes y que algún desconocido busca lo mismo que yo, superé mis temores de relacionarme y la búsqueda de la felicidad fue más fácil.
A finales del otoño conocí a uno de mis mejores amigos en la actualidad, él me enseño a aceptarme y a buscar apoyo. Por eso decidí ser parte activa de la comunidad LGBT en mi localidad. Veinticinco de diciembre marcaba el calendario el día mi primera participación, ésta sería en una marcha, protestábamos en contra de los crímenes de odio. Tomé de una mesa un tercio de circulares para repartir, mi corazón dio un salto al ver la fotografía impresa. Es él, ahora lo sabía, mi mente lleno con su rostro lo recuerdos por poco olvidados. Regresó a mi memoria el sonido de su voz, el aroma de su cuerpo y la seguridad que me dio al estar entre sus brazos.

Avanzó la marcha por las calles principales de la ciudad, los insultos no se hicieron esperar, no dimos respuesta a éstos. Deje de estar presente en la marcha para recordarle, solo caminé por calles conocidas; ausente de toda realidad. Luego los golpes, la sangre, la histeria, las suplicas, el llanto, el dolor. Nada me despertó de aquel cuento.
Erase la muerte, tan impasible y tan presente…

lunes, noviembre 03, 2008

Sin edad. Sin amor. Sin dinero. Sin ti y sin nada.




De pequeño juré no cometer pecado carnal hasta no cumplir con la edad apropiada. Cuando lo cometí, estoy seguro, no contaba con más del metro y medio de estatura. Ahora con edad suficiente para cometer excesos en la vida prefiero las caminatas por la tarde, los abrazos interminables y los besos dónde se entrega más que el alma. He olvidado el significado de un juramento y no prometo nada que no he de cumplir. Aunque, por contradictorio que parezca, juraré no jurar jamás.

La vergüenza, mas que la culpa, era el sentimiento que atormentaba mis días el verano que juré no cometer pecado carnal –menor dicho: no volver a cometerlo. La lluvia ya había cesado y yo regresaba a casa empapado no solo por el agua, por supuesto que no, bañaba a mi cuerpo un halo de suciedad. El primero había logrado, solo con su mirada, hacerme sentir un ser indigno; y por tanto desmerecedor de un hogar honorable. ¿Cómo vería a mi familia a los ojos? Sodomita era la palabra, que aunque desconocida entonces para mí, sentía llevar tatuada en la frente.

El pago por aquella sesión vouyerista fue un reloj al cual se le encendía la pantalla. La pantalla no fue lo único encendido por esos días, también lo fueron mi curiosidad y mis deseos por volverle a ver. Pasó tiempo antes de repetir el encuentro, cuando sucedió tomé la misma postura: de pie solamente observando mientras él se masturbaba. Sudé y el aroma que mi cuerpo expidió no era como aquel de mis tardes jugando, era un aroma peculiar, delatador. Apreté mis piernas como reflejo al miedo que estaba sintiendo. El pago fueron unos pesos y la promesa de no tocarme jamás. La cumplió.

A tan corta edad se entiende poco de la vida, sigo sin entender a decir verdad, de cualquier forma no volví a ser el mismo. Con mi curiosidad matándome cada noche del verano decidí buscar lo que mis instintos primarios demandaban. Vino un segundo nombre, fuerte a mis oídos y aun más a mis muslos. Sin penetración y con mal sexo oral entro a mi vida para asentarse por un buen tiempo. Después de esa primera vez, el segundo hombre debió esperar a que faltara a mi juramento para terminar lo que hasta hoy sigue inconcluso.

Nuevamente regresaba a casa avergonzado de mis actos, ni las albóndigas que a pesar de ser uno de mis platillos favoritos lograron tranquilizarme. Temeroso de ser castigado por mi conducta juré no cometerlo nunca más. Mis muslos temblaban yo no sé si de miedo o preguntándose cuando volverían a sentir lo que horas antes nos había hecho tan felices. Ya con otro año sumado a mi edad, pocos centímetros más a mi estatura, y mis primeros conflictos de conciencia social y religiosa, le busqué. Encontrándome frente a terreno desconocido hice lo que supuse correcto: encuentros ocasionales y enamorarme de quien no debía hacerlo. No por que no estuviera el segundo hombre disponible, llegó un tercero a mi vida.

Bisutería.




Recuerdo que mi primera intención al comenzar a escribir en un diario fue la de poder resolver algunos de mis tantos problemas existenciales. Todos provenientes de distintos conflictos: molares, emocionales, aceptación, autoestima, y otros tantos que se suman a una larga lista. Escribí todo lo que me causaba enojo, alegría, desamor e incluso repulsión. Dediqué varias páginas a eventos pasados que seguían lastimándome. No esperé poder superar algunos de mis temas pendientes como tampoco estaba en mis planes verme reflejado en mis propias letras. No pude seguir escribiendo, cada vez resulta ser más difícil expresarme y el miedo va en aumento, temo a no ser quien creo soy. Tanto o más como ser joyería de fantasía.

La noche anterior al día que nos mudaríamos decidí deshacerme del diario y todo lo escrito en él, aunque de momento me sentí aliviado al pasar de los días comencé a extrañar su olor, el amarillo de sus páginas y hasta las manchas que una que otra lagrima ocasionaron. Entonces fue que busque expresar todas y cada una de mis emociones, todo coincide con la creación de éste blog. Siempre he dicho que abrirme a los extraños me reconforta y me da una sensación de libertad.

No fue difícil escribir para que terceros lo leyeran, tampoco fue iniciar amistad con algunos. Lo difícil pasaba del otro lado del monitor, debajo de mi piel. El desnudarme frente a una maquina y contarme mis problemas a los extraños me desarrolló una adicción sumada a las otras que venia buscando tiempo atrás. En momentos parecía que mi vida tomaba una dirección para mi correcta. De pronto todo cae y me encuentro conmigo en un lugar donde me siento perdido. Un lugar para mi desconocido, no se si mejor o peor que el inicio de todo, simplemente desconocido.

He mentido a mis amigos al decirles que me encuentro bien, los extraño. Es una sensación que no puedo describir a la perfección pues no extraño su presencia física a mi lado, sus sonrisas o el amor que me expresaban. Extraño todo. Es complicado pues a pesar de que se escuchará egoísta extraño mucho la persona que solía ser al estar con ellos. Abanderado con la idea de ser quien pensaba ser en realidad me abandoné en una búsqueda de mis intereses y me perdí.

Me es difícil verme al espejo y no reclamarme a diario que me he convertido en una joya de fantasía. Temo acercarme a mi familia y amigos pues no se como pedir disculpas. Demasiado orgullo no me ha matado. En mis planes no se encontraba herir a tanta gente, se suponía buscaría solamente mi destino. Me niego a aceptar que lo que actualmente vivo sea el destino final. No quiero estar solo.

Es complejo, incluso para mí, tratar de entender todo lo que ahora vivo. Cuento con nuevas amistades pero sigo extrañando a los que por mucho tiempo me compartieron sus vidas. La idea de poner en primer lugar mis prioridades me sigue acompañando, igual que todos los conflictos que genera. ¿No entiendo porqué simplemente no puedo decidir vivir mi vida? Vivirla y no sufrirla como hasta ahora. Quisiera por fin levantarme un día y saber que todo va a estar bien.
Estoy cansado de no ser honesto conmigo mismo, de dar a los demás lo que de mi esperan o de ponerme una mascara para no creer ser juzgado. Hoy mas que nunca temo ser yo. No quiero mentir. Aceptarme tal cual soy. He creado una telaraña de mentiras. Me he refugiado en cuanto vicio puedo convertir en adicción, he matado mis ilusiones, dejado de lado mis intereses por pretender encajar en algo que ni siquiera disfruto. Evito a toda costa la soledad al grado de pagar con mi vida. ¿Y qué resulta? Que sigo sintiéndome igualmente vacío y engañando a los demás con el poco baño de oro que aun me queda. Reniego de no tener el valor para luchar por lo que para mi importa. Me escondo de todo y de todos. Huyo de cualquier oportunidad de felicidad. Es un vicio más que he adquirido.