lunes, diciembre 10, 2007

Mariana y Mariano (Serie: Todos son iguales... / Primer relato)

Ahora que ya estoy divorciada quisiera retomar mi vida, es algo que desde hace tiempo he querido hacer, pero tú sabes que con ese bulto que tenía por marido todo me resultaba imposible. ¿Sabes?, me alegra que no hayamos tenido hijos, el divorcio no fue más que un trámite, yo puedo seguir mi vida y sin tener responsabilidad encima. Aún soy joven, tenemos la misma edad ¿qué no?, con suerte encuentre el verdadero amor. Por fin podré acompañarte a todos lados, seremos los mejores amigos o “amigas”, como o quieras, ¿recuerdas nuestros días de universidad?, ja. Nos divertiremos por igual. ¿Tienes algún plan para este viernes?, no debemos perder tiempo, yo ya quiero volver a sentir la emoción de conocer a nuevas personas, ¿no es muy rápido verdad?. Digo, estoy recién divorciada, y no quiero que se vaya a ver mal mi conducta. La verdad, qué me importa verme desesperada, lo estoy. Quiero una noche de sexo, ja. No me has dicho si saldremos éste viernes, ¿si?, anda, dí que si y te prometo pagar yo la cuenta, que con lo que logré quitarle a ese imbécil bien podemos estar de parranda unos años, ja. Ya contesta hombre, por favor. – ¿Pero como quieres que conteste si no has cerrado el pico?, contesté en tono molesto a mi amiga Mariana.


Desde que salimos del bufete de su abogado no paró de hablar de los planes que tenía para su nueva vida de soltería. Entiendo que le emocionara de sobremanera, pero yo no me encontraba con ánimos de celebrar nada en absoluto. Además me sentía un poco culpable del fracaso de su matrimonio, ella no lo sabía y mis intensiones por enterarla era nulas. El imbécil del que se divorció era el hombre perfecto en la vida de mi amiga, lo fue hasta uno meses, y por mi culpa dejaba de serlo. Aunque yo no comente jamás nada de lo sucedido creo que su conciencia no lo dejo en paz y termino por solicitarle el divorcio. Mariana al principio lo tomó muy de sorpresa, y no se diga de mí, ambos no lo esperábamos. Esa tarde Mariana me llamó, perdida en un llanto incontrolable me pidió fuera a visitarla y sin decirme nada mas acudí. La encontré tirada en la cama, ebria y con una caja de cigarrillos por terminarse, aunque no lo sabia de sus labios ya me imaginaba la causa de su tristeza. Hablamos de lo extraño en el comportamiento de su entonces esposo y lo aún más sorpresivo de sus deseos por terminar la relación. No me fue difícil fingir la sorpresa, ya esperaba el fin de ese matrimonio, lo que no creía es que sucediera tan rápido y que aquél tuviera el valor de hacerlo. Como los motivos no estaban claros para Mariana, supusimos se trataba de otra mujer. Fue lo mejor, -pensé. Yo no tuve el valor para aclararle el porqué, del cual yo si tenia conocimiento.


El viernes por la tarde recibí la llamada de Mariana confirmando nuestra salida. No pude negarme, ella era mi amiga hacia muchos años, me necesitaba. Acudimos de inicio a un restaurante el cual frecuentábamos en nuestros años como universitarios, recordamos viejos tiempos, reímos sin motivos, bebimos en demasía y lloramos un rato. En el remover los viejos recuerdos, nuestra relación como pareja salió a colación. Nunca antes me había preguntado por que terminó, ni siquiera el día que le confesé que era homosexual, pero esa noche lo hizo. No tuve respuesta, me quedé callado y para aliviar la conversación le dije que ya no era necesario hablar de algo que ya los dos habíamos superado. Y que al parecer no fue así, ninguno lo superó. Yo me sentía culpable y ella necesitaba una explicación. Entonces accedí, se lo debía por lo pasado y por la relación que recién terminaba, era una buena oportunidad para librarme de culpas.


Le conté que la noche en que cumplíamos seis meses, después de haber estado con ella me encontré con un conocido de la universidad, su exmarido por cierto, nos fuimos de parranda y terminamos en un bar gay, me besé con un desconocido y él nos vio. No pude continuar con ella después de eso, el hecho de que él lo supiera no me dejó tranquilo. Mariana estuvo tranquila, aunque la decepción invadió su rostro, no hubo reproches ni reclamos. Me pidió la llevara a aquél bar. No me gustó la idea y no quería acudir con ella, había más sorpresas que pretendía evitarle esa noche. Su necedad me hizo llevarla.

- Me imaginaba un bar en condiciones no muy salubres. Comentó en un tono lleno de cinismo.
- También nos gusta la buena vida, respondí.
- El cartel de la entrada anunciaba un espectáculo de travestis, ¿ya lo has visto?. Preguntó con un rostro lleno de curiosidad.
- Llevo tiempo que no acudía al lugar, anteriormente no lo tenían. ¿Nos vamos?. Sugerí.
- Está por comenzar. Me dijo.


Las luces se apagaron y un reflector iluminaba a quien presentaron como: “Mariana, la Reina de la noche”. En realidad su nombre era Mariano, el exmarido de mi amiga. Yo ya sabía de su espectáculo. La escena que él presenció en la universidad la repetimos pero con los papeles inversos años después. Esa fue la causa del rompimiento de su matrimonio. Mariana no me volvió a dirigir la palabra, no después de sentenciarme con la siguiente frase: “todos son iguales”.

Cuatro Meses…(Segundo Final)

Según el tiempo marcado en la primera hoy debe ser el final de esta segunda temporada.



Formalicemos el acto:


Fin de la Segunda Temporada.

miércoles, diciembre 05, 2007

Gardenia.


Era conocido más por su mote que por su nombre real. El apelativo, el cual él mismo escogió, era un nombre de mujer, nada burdo al contrario se trabada de un nombre fuerte y con personalidad propia. Antes de que yo le conociera físicamente escuche muchos rumores relacionados al libertinaje con el él manejaba su vida, todos los comentarios llegados a mis odios hacían que deseara con mas fuerza el conocerle. Antes de lo pensado mis deseos de conocerle se cumplieron.

La primera vez que estuve en casa de mi tía abuela fue una tarde lluviosa, junto otros primos me encontraba jugando en la calle cuando la lluvia nos sorprendió; la carrera que dimos para evitar la lluvia fue la que nos puso frente a las puertas de casa de la tía. Ella muy amablemente nos abrió las puertas y nos permitió el paso a la sala. Recuerdo muy bien esa tarde por que en la sala había un olor muy especial, un aroma que se desprendía de pequeñas flores blancas, toda la habitación estaba llena de tan agradable sensación. Al relajarse el clima dejamos la casa y continuamos con nuestros juegos.

Con el paso del tiempo guarde el recuerdo de esa tarde en mi memoria, no volví a sentir el aroma de esas florecillas hasta mucho años después y por el cambio de mis intereses que no visité la casa aquella por el mismo periodo que extrañé el aroma aquel.

Cursando el tercer grado de educación secundaria fue que escuché los primeros rumores sobre “blanca de la noche”, y se referían a un homosexual travestido que vagaba por las calles del pueblo en busca de nuevas aventuras. Lo de “blanca de noche” venía a colación por el rostro blancuzco que el exceso de maquillaje claro le provocaba. “Bella de noche” y un sin fin de alias más servían a la muchedumbre para menospreciarle, la forma tan despectiva en que la gente le refería me incomodaba sobremanera, para ese entonces yo ya me había descubierto homosexual y terminar en una situación como la que de él, la que tuve ante mis ojos esos días, me aterrorizaba. Para ocultar mi temor lanzaba comentarios igualmente despectivos y escondía mi remordimiento de las miradas inquisidoras.

A pesar de que muchas veces formé parte de las burlas no dejaba de sentirme mal por mis actos, en el fondo me sabia expuesto a la misma situación, mi preferencia sexual me hacia presa fácil en un pueblo dominado de un falso machismo, -digo falso por que así lo era, resultó en muchas ocasiones ser solo una pose. Y mas allá de hablar de cuantos “hombres” terminaron acostándose con él o conmigo, hablaré de lo que a él le hicieron, de lo sucios que fueron con una persona llena de tristeza. La tristeza que él veía, reflejaba la misma que yo sentía, de hecho debo confesar que el no me contó sobre sus sentimientos y mejor dicho, confieso que, nunca conversamos.

Las noches, en que él vestido de lentejuela, les daba brillo me fueron contadas por terceras personas, eran historias que al siguiente día se volvían la mejor anécdota de quienes junto a él las vivían. Alegre, alocada, parrandera, borracha y hombreriega; joto, desviado, sodomita. Todos tenían una palabra que le describiera al siguiente día. Por mi parte estuve todo el tiempo fascinado, como ya lo dije anteriormente, yo ya me sabia gay y la cercanía de sus relatos me hacia fantasear sobre mi futuro pasado. Tenía ganas de conocerle, ser su amigo y que él fuera mi confidente, yo comenzaba a acumular experiencias y esperaba compartírselas.

El otoño llegó y una de las noches, una noche con la hermosa luna de octubre, salí a la calle, a pasear y buscar la ruta de la “bella de noche”. El tiempo fue pasando lento, la noche resultó alargarse y mi desesperación por no encontrarle me hizo regresar a casa. Ya en casa mi hermano me dio la noticia: lo mataron a golpes. Fueron unos desgraciados de un pueblo vecino, alcohol y las drogas los homicidas reales. Lo invitaron a pasear, se fueron al río y entre burlas, desenfreno y odios le mataron.

El aroma de la tarde siguiente me hizo recordar la tarde aquella que la lluvia nos hizo entrar en casa de mi tía, es la segunda vez que estaba en esa casa y el aroma nuevamente llenada los espacios de ahora una triste habitación. Las pequeñas flores blancas se encontraban en varios floreros que rodeaban un ataúd de madera, esta vez preguntaré qué flores son, me dije. Cerca de mi se encontraban mi tía abuela y mi mamá, al preguntar a mi madre sobre el nombre de la flores mi tía la tomó de la mano, como señal de que mantuviera silencio pues ella me contestaría, son gardenias, dijo. Hubo un silencio corto y luego añadió: como ella, mi pequeña flor blanca, “blanca de noche”, Gardenia su nombre de mujer.


lunes, diciembre 03, 2007

Homomaquia o el extraño estudio a la genealogía de los miedos. Parte IV.

Yo. La corrida en tres tercios: Confusiones, conclusiones y más teorías sobre los finales felices.

“… hummm..... ¿Y entonces dime, cómo te sientes ahora?- le preguntó la psicóloga. Él dudó en responder con sinceridad, ya le había cuestionado antes porqué le resultaba mas fácil hablar de él en tercera persona, a lo que respondió que relatar los hechos de esa manera le era menos doloroso y, ni siquiera dejó terminara cuando ella insistió en que negarse a hablar de él en primera persona le haría mas difícil la aceptación y reconocimiento de sus miedos, errores o conductas; así que lo pensó un poco y habló de él en primera persona.” Fragmento de un vida.

[Somos parte de la misma materia, partículas de la misma energía, en conclusión, somos iguales y por ende resultamos ser un reflejo en los demás de nosotros mismos]

La semana había sido de esas en que uno piensa que mejor habría sido no salir de casa. Los días estuvieron nublados y el gris del cielo se expandió hasta llegar, al parecer, al estado de animo de todas las personas, -incluyéndome. Con la tristeza clavada en mi pecho y resuelto a evitarla, me decidí por ir a visitar a unos amigos, entiéndase “amigos” literalmente, no pude prevenir lo que vendría. Definitivamente hay cosas que no son imposibles de controlar, “trata de callar al mundo” dice mi tía abuela.

Después de visitar a mis amigos regresé a casa molesto, me sentía agredido por sus comentarios, lastimaron mi ego y aun más, mis sentimientos. Fue entonces que vino la idea de que la vida y sus relaciones afectivas bien podrían ser comparadas con una corrida de toros. El coraje y toda mi sed de venganza me hicieron sentirme como un toro, que resignado a su final, lucha por dar una ultima embestida digna de tal lidia. Callé todo el tiempo que estuve con ellos y mucho tiempo antes también lo hice, solo había rabia y coraje en mi mirada. Deje que clavaran las banderillas en mi espalda para regalarme indefenso a ellos, era lo que creía. En realidad no me atreví a discutir. El miedo me ganó y enmudeció cualquier comentario que haya pretendido hacer. Me clavé la espada yo mismo.

No fueron ellos, fui yo mismo. La vida si es una corrida de toros y nosotros somos espectadores, picadores, banderilleros, toreros y el toro.


“La estación fue reconstruida y yo pude tomar el tren, ya no para huir sino para regresar, hice el viaje a mis adentros, aún sigo viajando”

{Ya no creo en los finales felices, un final es final y eso lo dice todo. Prefiero la continuidad en la búsqueda de la felicidad}

Homomaquia o el extraño estudio a la genealogía de los miedos. Parte III.

Todos, ellos. Tercer Tercio: La suerte suprema.

“…y fue así que llegaron los miedos. Ese verano, el que mi primo se fue, un fuego quemaba algo dentro de mi pecho, él era la primera persona por la cual yo sentía ser abandonado; además de ser mi mejor amigo era mi válvula de escape contra un destino que me negaba a vivir. A su lado me sentía normal, junto a él no era el chico raro, sabía que pertenecía y era uno más de ellos. Entonces todo terminó, él se fue y ellos ya no estaban. Las primeras tardes las pasé solo, dedicado a observar el cielo e imaginarme nuevas formas de vivir una vida tan gris, fui María, llené mi cabeza de sueños que no alcanzaría a cumplir; dejé al pobre Leo abandonado en esa estación de tren, tratando de evitar el dolor, escondiéndose del mundo… entonces me vestí de Rojo y use un escudo que me funcionó por un tiempo, no me preocupe por crear relaciones entonces, ni amorosas o de amistad, tracé una línea tangente a mi realidad y viví solo para el placer carnal. Equivocación tras equivocación quedó tatuada en mi cuerpo, las cicatrices me hicieron temer al reflejo que una tarde, en un cine porno, distinguí de mi vida. Sintiéndome Bonito y lleno de coraje elimine todo rastro de Rojo en mi conciencia. Luego, una noche vino, y pude encontrarme por fin con una posibilidad de cambiar radicalmente de forma de vida, mentí, me mentí, les mentí y la vida pasó la factura. Yo…” Fragmento de una confesión.


[En el último tercio el torero ejecutará la "suerte suprema", en la que toreará con la muleta en vez de con el capote para, al final, tomar la espada y matar al toro. Estos son los momentos más difíciles de toda su labor, pues en ellos debe conseguir que el toro le embista, y justo en medio de la embestida, aprovechar el momento para clavar su espada o estoque en el corazón del animal. Es cuestión de escasos segundos, y en ellos sólo debe concentrarse en acertar en un punto muy concreto cuando el toro en movimiento se lanza a su muleta. Es quizás aquí cuando el diestro expone más abiertamente su cuerpo ante el toro. Es a toda esta lucha a la que se ha considerado una obra de arte viva y efímera.]


En la estación de tren, esperando, Leo y Bonito, vieron pasar los días, los años. Sin percatarse, ambos compartieron sus soledades; una misma soledad cegadora que con el tiempo los hizo perderse en ellos mismos, se convirtieron en uno, se amalgamaron a la butaca del andén doce, terminado unidos por siempre. Por mucho tiempo ninguno de percibió de la existencia del otro, el dolor les produjo egoísmo y el egoísmo cegó sus corazones.
La noche en que la obscuridad devoró las sombras, el dolor resurgió con mayor presencia, ellos desaparecieron. Como cortos de una película en blanco y negro se proyectaron el en cielo las imágenes de sus vidas suspendidas.
Leo, Rojo, Bonito y María, fueron siempre una misma persona, un ser divido por sus miedos. El abandono, la no aceptación, la crítica, la humillación, los sueños perdidos; todos los miedos navegaron por nubes cargadas de cianuro. La nubes se descargaron sobre una tierra estéril, previa a colapsarse. Desde el cielo se podía observar como caía en ruinas la estación de tren, ya no albergaría mas esperanzas fétidas, ya no alojaría en sus andenes vidas robadas, y sus butacas no servirían más de apoyo a personajes surgidos de una egoísta necesidad de evadir la vida.

Voces salidas de todos lados irrumpieron con estruendosa osadía en los odios de “ellos”, de él. Esas voces no eran más que el eco de todo lo escuchado en los días previos a la caída, su propia caída. “Falsos y verdaderos amigos”, perversas voluntades disfrazadas de buenas intenciones, mentiras viles matando verdades doloras, egoísmo, miedo; todo llegó proveniente de los cuerpos de olor putrefacto que anunciaban la caída. Pero no fue así.

Leo, María, Bonito y Rojo, habían dejado de ser solo personajes, ahora eran parte de él, eran él y su pasado futuro. Nuevamente existen. Resurgieron de los escombros, callaron las voces.

Él lo ha entendido.
{-Te quiero.}

jueves, noviembre 29, 2007

Homomaquia o el extraño estudio a la genealogía de los miedos. Parte II



Rojo y Bonito. Segundo Tercio: Las banderillas.

“…así pues hubieron de pasar los años para que yo entendiera el significado del sueño aquel de infancia. Los espejos, aunque ya soy unos años mayor, me siguen provocando reacciones diversas, no les temo como antes pero me es imposible observarme fijamente en ellos por un tiempo fijo. Inclusive me cuesta trabajo aceptar que lo me molesta de algunas personas no es más que lo que me molesta de mi mismo. Llegamos a desarrollar un sentido de observación tan agudo e incisivo que llegamos a conocer el punto exacto para dañar a los demás y…”. -Fragmento del diario de Leo.



[En el segundo tercio se ejecuta la "suerte de banderillas", en la que los "subalternos", "banderilleros" o "toreros de plata" como queramos denominarlos ponen al toro tres pares de banderillas.]



Rojo, él se puso ese sobrenombre y pidió a sus conocidos así le llamasen; el sobrenombre provenía del significado de su nombre real. A sus pocos años, catorce, sabia que el mundo era de él. Sus deseos carnales lo gobernaban, pero el gobernaba al resto de invitados a su vida. Caminaba por las calles seguro de que era objeto de deseo, se burlaba de quien podía y se negaba a ser la puta del barrio, él solo follaba con quien le apetecía. Su vida llena de superficialidad le era suficiente, años antes decidió bloquear el dolor en su vida, no crearía lazos con nadie mas, ya no habría miedo al abandono, nadie lo dejaría por que no tendría lazos con nadie. Solo un miedo invadía sus pensamientos: dejar de ser bello. Y sucedió lo que en la vida es inevitable. Su cuerpo sufrio cambios venidos de la adolescencia, ya no se sentía tan hermoso, hubo rupturas en su ego y sus emociones. Un rango que en adelante lo retraería emocionalmente quedo tatuado en su espalda.




“Cuando seas grande vas a estar rechulo, mi Bonito” eso le decía el pintor al joven que acaba de conocer… Bonito, como en adelante lo llamaría, y el pintor se conocieron en un cine porno. Bonito cursaba el último año de preparatoria y en el afán de explorar y definir su sexualidad acudió una tarde al cine, al que por los comentarios entre sus compañeros de clases se enteró que existía. Esa tarde, el pintor merodeaba como cazador en busca de una presa, Bonito fue el adecuado, conversaron y Bonito se sintió conquistado. La mirada del pintor, sus palabras y esa voz firme fueron la carnada que Bonito mordió. Desde entonces Bonito supo que en adelante para poder enamorarse debía admirar a la persona en cuestión como lo hizo con el pintor.

Meses después, mucho después de que las cosas para ellos no funcionaran, Bonito se presentó nuevamente en el cine, al entrar recordó que hace mucho no le llamaban por su nombre todos los conocidos en ese lugar, pues desde que conoció al pintor su nombre lo cambió por “Bonito”. Estando en el lobby del cine cruzó miradas a través del espejo con Rojo, se sintió intimidado por la seguridad que Rojo proyectaba y dudó en corresponder a sus coqueteos, cuando al final lo intentó Rojo ya no estaba. No había más imagen en aquel espejo que la propia. Recordó el día en que conoció al pintor y se encaminó a la sala de proyección. La oscuridad de la sala no le permitía Bonito una rápida búsqueda de un lugar en donde sentarse, espero a que la pantalla alumbrara un poco el lugar y cuando al fin sucedió fue sorprendente lo que pudo ver. La sala se encontraba totalmente vacía, no había rastro del chico que le coqueteó en el lobby. Confundido decidió abandonar el cine y regresar a casa. En el camino a casa, ya en un estado reflexivo, puedo reconocerse en el rostro de Rojo, la pesadez de una vida cargada de sinsabores Bonito ya la había experimentado. Tenía un pasado posiblemente parecido al de aquel extraño, pero a pesar de eso parecía que Rojo estaba conforme con su destino y Bonito no. Bonito luchaba por dejar atrás los miedos, los rencores pero los seguía cargando. Bonito luchaba día con día por ser mejor sin aceptarse del todo, permitía que otros, y lo peor, el mismo se flagélala por temas no resueltos. No entendió a tiempo que la aceptación era el camino correcto para el, decidió huir, comprar un boleto de tren y sentarse en una butaca a esperar…




{–De seguir así vas a terminar por quedarte solo. –Es tan asqueroso hacerse pasar por bueno como por malo. –No vas a encontrar a la persona que estas buscando.}

Homomaquia o el extraño estudio a la genealogía de los miedos. Parte I.

Leo y María. Primer Tercio: Los picadores.

…y me dices que voy a quedarme solo, ¿qué sabes tú de mi?, ¿acaso dos frases robadas de un libro extraño, aprendidas de memoria, te dan el derecho a juzgarme?. Hace tiempo que estoy solo y no te diste cuenta, tu soledad solamente le ha hecho escasa compañía a la mía. Ya no quiero ser mas tu amigo, me haces y te hago daño, tenerte más que un bien resulta ser un mal. Pero no puedo dejarte, te quiero, me quiero en ti, a través de ti, eres un reflejo de mis miedos, siento odiarte en ocasiones, pero hay otras en que la luz de tu amistad me hace más fuerte. ¿Por qué fuiste tan cruel?, sabias muy bien que tus comentarios me dolerían. Me gustaría decirte que en el fondo te lo agradezco porque me haz forzado a crecer, pero la realidades que si tengo miedo a quedarme solo y sigo con tu amistad solo por esa razón. – Fragmento de una carta no enviada.

[La corrida se divide en tres partes denominadas tercios que se marcan con un toque de clarín. En el primero de ellos el diestro torea con el capote. Con un toque de clarín se indica que salgan los dos picadores al ruedo, situándose cada uno de ellos en un extremo de la plaza, pero sólo uno ejecuta esta "suerte".]





¿Recuerdas que te conté de un sueño lleno de espejos? Yo desperté con mucho miedo ese día, hizo mucho frío y amaneció lloviendo entonces y yo te abrazaba fuerte, muy fuerte y te contaba lo que había soñado, ¿si lo recuerdas, verdad?. Tú no me decías nada, te quedabas calladito, como siempre. Pero a mi no me importaba que no hablaras porque yo sabia lo que querías decirme. Has estado conmigo ya hace mucho tiempo y también has sido mi mejor amigo, ahora estas muy maltratado, como yo. ¿Será que no te he cuidado bien?. Aún me acuerdo de la clase donde la maestra nos pidió el estambre, yo no sabia para qué sería; ella nos pidió dos madejas de estambre de colores diferentes y yo las escogí de los colores que ahora tú estas usando. Sí, los escogí por que eran mis favoritos, rojo y azul. Uno como tus ojos: azules; y el otro solamente me gustaba mucho. ¿Sabes?... los espejos me siguen dando mucho miedo. – Contaba Leo a su muñeco de estambre, un payaso ya deshilachándose debido al paso del tiempo, mientras esperaba sentado en las butacas de una vieja estación de tren.



María, la madre de Leo, era una mujer callada de semblante triste, tan gris como su cabello. La vida no fue para ella lo que de niña soñaba, –no fue actriz, estrella de rock o súper modelo. Antes no fue nada y después solamente la madre de Leo.



Leo, único hijo de María, debió llamarse como su bisabuelo Leonardo pero por decisión del padre su nombre fue otro. Para él no importaba como haya sido nombrado, su sigo zodiacal fue Leo y le era suficiente para autonombrarse “Leo”, su verdadero nombre no le gustaba y cambiarlo por otro era la opción, aprovecho que además de su signo zodiacal él tenía un extraño parecido con los felinos: los ojos. Leo es inquieto, alegre y soñador, tal y como un día su madre lo fue.



Una mañana Leo amaneció con una noticia que cambiaría por completo su vida, las nuevas emociones experimentadas marcarían su corazón, ya no volvería a ser el mismo. Su primo, y mejor amigo, junto con su familia habían abandonado el pueblo durante la madrugada, el viaje no tenía planes de un pronto regreso. Leo y su primo fueron los mejores amigos en la infancia, estaban por comenzar la adolescencia y, la dependencia de Leo para con su primo era excesiva, parecía que Leo descubría el mundo a través de los ojos de aquel mejor amigo, así que la noticia recibida dejó desvastado a Leo. Al enterarse, no mencionó palabra alguna, sin más corrió a su cuarto, tomó el muñeco de estambre y subió a la azotea de su casa para echarse a llorar.



Antes de avisar a Leo lo sucedido, María pudo ver, a través del reflejo que el espejo le devolvía, que sus ojos denotaban una noche sin dormir acompañada de llanto y cansancio. En sus manos sostenía la sección de sociales de un periódico de meses atrás y en el obituario una noticia relacionada con un antiguo amor, su profesor de tercer año de primaria había muerto. Aunque el periódico se encontraba muy maltratado, pues con seguridad lo tuvo con ella toda la noche no lo dejó para dar la noticia a Leo. Bajó las escaleras para informar a Leo que su primo iba camino a encontrarse con su papá, en una ciudad muy lejana, que no sabia decirle cuando regresarían y lo mejor sería olvidarse de ellos. Subió nuevamente a su recamara, callada, sacó de un cajón unas viejas cartas y releyó su contenido, no hubo llanto, se abrazo a su almohada y durmió.



Leo, desde la azotea, alcanzo a ver la estación del tren, un impulso egoísta acompañado de un arrebatado pensamiento lo hicieron bajar de la azotea y caminar hasta llegar a la estación del tren. Estado en la estación, se sentó dispuesto a esperar…



{–No hablas mucho de ti. –Eres como la moraleja del payaso: alegre por fuera y triste por dentro. –Seguro tienes muchos amigos, ¿verdad?}