lunes, diciembre 03, 2007

Homomaquia o el extraño estudio a la genealogía de los miedos. Parte III.

Todos, ellos. Tercer Tercio: La suerte suprema.

“…y fue así que llegaron los miedos. Ese verano, el que mi primo se fue, un fuego quemaba algo dentro de mi pecho, él era la primera persona por la cual yo sentía ser abandonado; además de ser mi mejor amigo era mi válvula de escape contra un destino que me negaba a vivir. A su lado me sentía normal, junto a él no era el chico raro, sabía que pertenecía y era uno más de ellos. Entonces todo terminó, él se fue y ellos ya no estaban. Las primeras tardes las pasé solo, dedicado a observar el cielo e imaginarme nuevas formas de vivir una vida tan gris, fui María, llené mi cabeza de sueños que no alcanzaría a cumplir; dejé al pobre Leo abandonado en esa estación de tren, tratando de evitar el dolor, escondiéndose del mundo… entonces me vestí de Rojo y use un escudo que me funcionó por un tiempo, no me preocupe por crear relaciones entonces, ni amorosas o de amistad, tracé una línea tangente a mi realidad y viví solo para el placer carnal. Equivocación tras equivocación quedó tatuada en mi cuerpo, las cicatrices me hicieron temer al reflejo que una tarde, en un cine porno, distinguí de mi vida. Sintiéndome Bonito y lleno de coraje elimine todo rastro de Rojo en mi conciencia. Luego, una noche vino, y pude encontrarme por fin con una posibilidad de cambiar radicalmente de forma de vida, mentí, me mentí, les mentí y la vida pasó la factura. Yo…” Fragmento de una confesión.


[En el último tercio el torero ejecutará la "suerte suprema", en la que toreará con la muleta en vez de con el capote para, al final, tomar la espada y matar al toro. Estos son los momentos más difíciles de toda su labor, pues en ellos debe conseguir que el toro le embista, y justo en medio de la embestida, aprovechar el momento para clavar su espada o estoque en el corazón del animal. Es cuestión de escasos segundos, y en ellos sólo debe concentrarse en acertar en un punto muy concreto cuando el toro en movimiento se lanza a su muleta. Es quizás aquí cuando el diestro expone más abiertamente su cuerpo ante el toro. Es a toda esta lucha a la que se ha considerado una obra de arte viva y efímera.]


En la estación de tren, esperando, Leo y Bonito, vieron pasar los días, los años. Sin percatarse, ambos compartieron sus soledades; una misma soledad cegadora que con el tiempo los hizo perderse en ellos mismos, se convirtieron en uno, se amalgamaron a la butaca del andén doce, terminado unidos por siempre. Por mucho tiempo ninguno de percibió de la existencia del otro, el dolor les produjo egoísmo y el egoísmo cegó sus corazones.
La noche en que la obscuridad devoró las sombras, el dolor resurgió con mayor presencia, ellos desaparecieron. Como cortos de una película en blanco y negro se proyectaron el en cielo las imágenes de sus vidas suspendidas.
Leo, Rojo, Bonito y María, fueron siempre una misma persona, un ser divido por sus miedos. El abandono, la no aceptación, la crítica, la humillación, los sueños perdidos; todos los miedos navegaron por nubes cargadas de cianuro. La nubes se descargaron sobre una tierra estéril, previa a colapsarse. Desde el cielo se podía observar como caía en ruinas la estación de tren, ya no albergaría mas esperanzas fétidas, ya no alojaría en sus andenes vidas robadas, y sus butacas no servirían más de apoyo a personajes surgidos de una egoísta necesidad de evadir la vida.

Voces salidas de todos lados irrumpieron con estruendosa osadía en los odios de “ellos”, de él. Esas voces no eran más que el eco de todo lo escuchado en los días previos a la caída, su propia caída. “Falsos y verdaderos amigos”, perversas voluntades disfrazadas de buenas intenciones, mentiras viles matando verdades doloras, egoísmo, miedo; todo llegó proveniente de los cuerpos de olor putrefacto que anunciaban la caída. Pero no fue así.

Leo, María, Bonito y Rojo, habían dejado de ser solo personajes, ahora eran parte de él, eran él y su pasado futuro. Nuevamente existen. Resurgieron de los escombros, callaron las voces.

Él lo ha entendido.
{-Te quiero.}

3 comentarios:

Muegano. dijo...

Nos preparamos para embestir eh? Para clavarnos la daga en el corazón, ya estamos heridos, y hemos comenzado a sentir el dolor de las heridas y el hedor de la pus...

Diego dijo...

maravilloso!!, el sacrificio es la victora, el dolor quema todo lo que nos hiere, lastima, prefora el alma, para saber quien eres, en tu existencia y la realidad.

besos y abrazos

Champy dijo...

La conciencia es cabrona.

Muy dificil de controlar.